Aquellos maravillosos años…aquellas infernales rutas. II parte (y última).

Una década después todavía surge en nuestras conversaciones montañeras aquella terrible ruta de Carlos V que hicimos un día de agosto, en plena ola de calor. Nuestra prepotencia, producto de una incipiente juventud, nuestra buena forma física y la falta de experiencia nos adentró en un infierno de calor y deshidratación que jamás olvidaremos.

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Nada hacía presagiar la noche antes el extraordinario esfuerzo físico y mental que se nos venía encima, como único medio para poder alcanzar la meta, y así no morir deshidratados con temperaturas que seguro superaron los 40º, en la sombra claro.

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Carlos de Austria  fue rey de España con el nombre de Carlos I (1516 –1556), el primero que unió en su persona las coronas de Castilla y Aragón, y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico como Carlos V (1519–1558). Esta ruta sigue los pasos del Emperador Carlos V en su viaje hacia el Monasterio de Yuste, donde pasaría los últimos años de su vida.  Carlos V, cansado de su larga travesía desde Laredo, decide hacer el recorrido más corto entre Tornavacas y Jarandilla en lugar de la ruta prevista que le llevaría por Plasencia. El monarca es llevado en silla de manos y en ocasiones a cuestas por lugareños acostumbrados a recorrer estos senderos escarpados a través de lo que ahora se conoce como Puerto de las Yeguas, que une las comarcas del Jerte y de la Vera. La ruta consta de 25 kilómetros, que se pueden realizar en unas nueve horas.

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La mañana comienza con un rico desayuno con churros y chocolate. Una alimentación ideal para una ruta tan extensa. Las 10 de la mañana fue la hora de inicio, “con la fresca”. A los 3 kilómetros, el que os escribe, recordó haber dejado las llaves del coche que se encuentra en Jarandilla (la llegada) en el coche que acabamos de dejar en Tornavacas. Tuvo que dar la vuelta y, para no ser abroncado, lo hizo corriendo (pobre de mí, 6 kilómetros más).

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Mientras duró la zona de umbría el caminar fue agradable y cordial. Al pasar a la solana todo se complicó, más aún cuando fuimos descubriendo que todas las fuentes estaban secas. Nos quedaba más de 5 horas y no teníamos ni una gota de agua, ¡y no estaba Luis para recordarnos que todo podía ser psicológico! Subiendo hacia el Collado de las Yeguas, Camborio se convirtió en el mito actual que muchas generaciones venerarán: comenzó a sufrir desgarradores calambres en los cuádriceps, producto de la deshidratación. Soportó una y otra vez las dolorosas contracciones involuntarias, pero no se rindió.

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En un acto de profunda desesperación pasamos por un charco de agua casi estancada y que prefiero omitir su estado. Más de uno decidió, arriesgando su salud, beber de la corrompida agua. Minutos después nos perdimos inmersos en unos frondosos rosales que rajaban nuestras pieles quemadas. Nuestra imagen era dantesca: quemados, sangrando, reventados,…y alguno casi llorando.

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Por fin conseguimos llegar a una carretera que subía a Jarandilla. La tensión había aumentado, el grupo se rompe. Dos de los componentes deciden hacer autostop, mientras el resto quieren terminar la hazaña a pie. Un “amable” conductor nos recoge en su coche. Muy pronto bajó los cristales. Llegamos al Parador de Jarandilla, nos arrodillamos y besamos el suelo ante la incrédula mirada de los turistas. Recogimos a nuestros compañeros y bebimos, bebimos mucho, bebimos hasta reventar.

Moraleja de un conocido montañero: “todo lo que tengas que hacer en la montaña, que sea antes de comer”. Luis Leza, año 2009.

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Leer la primera parte de Aquellos maravillosos años…aquellas infernales rutas

8 comentarios en “Aquellos maravillosos años…aquellas infernales rutas. II parte (y última).

  1. Indio

    Que carita de pimpollos. Yo creo que el principal problema fue sustituir la noche antes la cervecita (bebida ergogénica por excelencia) por una simples cocacolas…….la inexperiencia…..

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  2. Antiheroe

    Chacho que lagrimón se me ha caído al ver las fotinos. Mítica historia para contársela a nuestra descendencia, aunque solo pasando por semejante infierno se puede entender lo que pasamos. Lo dicho: Que viva el que inventó el agua fría. Saludos.

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  3. Monty

    Se trataría ahora que completaramos esta épica historia con algunos detalles que no he querido añadir para no extenderla mucho.

    De regreso, sobre las 11 de la noche, paramos en un parque de Plasencia a descansar y comer algo. Camborio estaba reventado en un banco sentado sin articular palabra y, de repente, un gato sale de la maleza, salta y se sienta en sus hombros. Imaginaros un momento la cara que se le puso a este chico…

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  4. Cambo

    Quiero recordar otros detalles:

    – Nunca en mi vida me sentó tan bien una nectarina. A eso de las 14:00 y sin ser conscientes de que quedaba lo peor, Monty y yo compartimos la ultima nectarina que nos quedaba. Con muerdos alternativos de los dos fuimos dando cuenta de la jugosa fruta. Una insuficiente sensación de alivio nos condujo a lamer el hueso hasta dejarlo tan seco como nuestras botas. Por último nos chupamos los dedos, nos miramos y comprendimos que las cinco horas que nos quedaban iban a ser de sufrimiento extremo.

    – Gracias por las palabras de ánimo de la pareja de vascos y al caramelo de limón que me ofrecieron justo antes de afrontar la subida al collado de las yeguas. Ese caramelo impidió que yo hiciera noche allí mismo.

    – Después de todo esto, los arañazos en mitad de las zarzas me resultaron nos mas allá de gracioso y cómico.

    – Reconocimos a la pareja de vascos andando por la carretera, casi llegando a la meta, separados unos mil metros el uno del otro y con las caras desencajadas. El sufrimiento si es compartido se sobrelleva mejor.

    – Lo de besar el suelo fue cierto.

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  5. Don Carlos

    Lo reconozco, yo fui el que bebió en aquel charco. Pero como dice Cambo, me consoló mucho ver la cara de los vascos llegando a Jarandilla. Por cierto, en un momento de desesperación, tal vez causado por el mal estado del agua, me separé del grupo para… ¡LLORAR! Hubo un momento en que pensé que nos iba a pasar lo peor. Menos mal, que por aquellos años no había mucha cobertura, porque sino a ver quien pagaba los servicios de rescate de la Guardis Civil. Ver a Cambo, supone ver sufrumiento y ver superación.

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  6. Monty

    De los recuerdos que más me hacen reir sobre esta épica ruta es, sin duda, el asunto del matrimonio vasco. Recuerdo perfectamente sus sonrisas en los primeros kilómetros donde nos adelantábamos unos a otros, su piel blanca-rosada y el aspecto de pareja feliz que tenían en la zona de sombra.

    Nada que ver con el tramo final hasta Jarandilla, donde el “macho” se distanciaba más de un kilómetro de su “hembra”, ambos totalmente quemados y con caras de “mañana me separo, so…”. No quiero imaginar su sufrimiento, viniendo del frío norte.

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  7. Luis

    Con estos cimientos no es de extrañar que nuestro comando se caracterice por su resistencia. Estáis esculpidos en el sufrimiento y la superación. Por cierto… ¿para cuándo una salida que reuna en el monte a estos jóvenes padres, personas de buen vivir, gentes ahora muy ocupadas,etc. ?

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