Un paseo por las antípodas

A bordo de nuestra nave vamos a surcar las carreteras de las dos islas principales de Nueva Zelanda. Atracaremos junto a sus macizos montañosos y, cuando las condiciones lo permitan, abandonaremos temporalmente los camarotes para perdernos por las pendientes que nos reclaman como sirenas de roca, nieve y hielo.

En la isla norte, en el Tongariro National Park, nos acercamos a la falda del Monte Ruapehu, el techo de esta isla.

A su lado nos topamos con el imponente cráter del Ngauruhoe, el Monte del Destino en la versión cinematográfica de la celebérrima obra de Tolkien.

Como improvisada Comunidad emprendemos una caminata de aproximación.

Durante la ascensión paramos un momento y contemplamos en el oeste el Monte Egmont; hacia allí iremos los próximos días.

Viramos al norte y continuamos subiendo con el objetivo de dar vista al Blue Lake.

Antes nos extasiamos con el Volcán Rojo.

Aquí disfrutamos un servicio natural de lo más completo: la nieve refrigera el vino y la roca volcánica con sus fumarolas se encarga de calentar nuestros asientos.

– “Yo, más que azul, veo el lago verde.”

-“Te dije que no compraras el vino en oferta.”

Odiseo vuelve a la nao.

Cambiamos de Parque Nacional, vamos a visitar el Egmont.

Tras una marcha propia de bosques ecuatoriales alcanzamos el refugio Hooker; las nubes se empeñan en escamotearnos la cercana cumbre.

¡Nos vamos a la isla sur!

Después de dos singladuras por mar y tierra llegamos a los montes de Kaikoura, que derriten sus nieves directamente en el Pacífico. Esta mezcla de picos blancos y espuma salada nos encanta; los habitantes del lugar, mucho más acostumbrados al paisaje, no tienen rubor en bostezar quietamente.

Nos vamos a animar a subir el monte Fyfee.

Cantaba Silvio Rodríguez: “… el que siga buen camino tendrá sillas peligrosas que lo inviten a parar…”

Pues bien, para esto usamos nosotros las sillas del camino:

En mitad de la ascensión nos encontramos el Refugio Fyfee. Tomamos una pieza de fruta mientras contemplamos la península de Kaikoura. Luego seguimos subiendo y, por momentos, echaremos de menos un par de crampones.

En la cima.

Ahora sin embargo echamos de menos nuestra casa sobre ruedas, en concreto su frigorífico.

Otra vuelta al mapa. Ponemos proa a los Alpes del Sur.

Lago Pukaki. A principios de siglo por aquí navegaron elfos, enanos, hobbits, humanos…

El mar de Tasmania a un lado, el Pacífico al otro, y allá a su frente, el Monte Cook, la cumbre de Nueva Zelanda.

¿Qué mejor sitio para homenajear al montañero que puso este país en el mapa? Sir Edmund, “Ed”, Hillary.

Aprovechamos para visitar el glaciar Hooker.

Al día siguiente todavía hay tiempo de merodear por las Pozas Rojas.

Se cierra el telón, el coloso se retira a descansar. Nos vamos sabiendo que este lugar será muy rememorado cuando estemos pasando el invierno en la otra parte del mundo.

Con el glaciar Franz Josef y la costa de Hokitika despedimos esta entrada. Hasta la próxima.

 

Anuncios

3 comentarios en “Un paseo por las antípodas

  1. Antonio Cabeza

    Serán las antípodas, pero los tipos siguen siendo los mismos: inmaduros que van acumulando años, con pintas de personajes atemporales, que mezclan realidad y fantasía; que atesoran experiencias mientras vacían sus bolsillos; amantes de la cerveza y el vino. ¡En fin, los mismos tipos estupendos de siempre! (incluida …).

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s