Curavacas

Tras varios años planeándolo, se presentó la ocasión y pudimos aprovecharla.

Remontamos el arroyo del Cabriles y disparamos la cámara en cada nuevo giro de la vereda, tal es la fascinación que nos provoca lo que tenemos enfrente.

Avanzamos y en nuestra cabeza resuenan las palabras del montañero y escritor Alejandro Díez Riol:

“En tus lugares húmedos y viejos, te vistes con el traje negro de tus líquenes como una dueña multisecular y dolorida. 

Yo pregono esa silueta de rocas descarnadas. Tus torres, cresterías y almenas afiladas. Eres como un gigantesco castillo construido por una Naturaleza prodigiosa con millones de cantos rodados y pulidos.

Eres sirena que cantas melodías engañosas. Tus rampas al principio fáciles, pueden volverse peligrosas. La hierba que te cubre es como tu faz, dura y punzante.

Las furias desatadas llegan desde el duro mar Cantábrico intactas y directas a tu vertiente norte. Después del torbellino quedas escarchada y te vuelves imán irresistible a las miradas.”

Estamos en la cumbre, a 2524 metros de altitud.

En el informe del Instituto Geográfico Militar que describe la primera ascensión al Curavacas, hace ahora ciento diez años, se puede leer:

“El vértice está situado en lo más alto de la peña así llamada, que es casi inaccesible, tiene una altitud medida con un barómetro de 2700 m. El vértice está situado en el pico situado más al este.

Dista de la población de Vidrieros 5 horas y media, saliendo de éste por el Postil de Soña hasta llegar al Rebollar de Cabriles por el que se continúa hasta llegar al collado donde arranca la peña y donde hay que dejar las caballerías. Desde allí hay que trepar por las peñas durante tres horas por sitios difíciles y peligrosos debiendo ir provistos de cuerdas para amarrarse en los pasos difíciles. Para cada bulto se necesitan dos hombres con el objeto de que se releven y ayuden mutuamente. Imposible ir con caballerías cargadas ni sin cargar, siendo dificilísimo subir a pie.

Todo aquí invita a la contemplación.

Hacia el norte divisamos el lago glaciar llamado Pozo de Curavacas, del que dicen sus aguas negras son un brazo del mar Cantábrico y que cuando hay mala mar en la costa, se levantan olas en el lago. (Tente Lagunilla)

Desde esta atalaya podemos reconocer las estribaciones orientales de los Picos de Europa,

el pico de Peña Prieta, las Agujas de Cardaño,

el Pico Murcia, y la imponente mole blanca del Espigüete.

Ya nos vamos. Nunca hemos concebido las subidas a la montaña como un reto deportivo; se trata más bien de establecer vínculos con paisajes y lugares concretos. Vamos a las cimas a recoger aquello que para nosotros hay allí. Nos gusta pensar que dejamos también algo nuestro. Quizás por eso sea que nos encantaría regresar algún día.

Ermita de Santa Eulalia, (siglos XII – XIII), ejemplo del Románico Palentino. Al fondo se divisa el pico Curavacas.

Embalse de Aguilar de Campoo: a la izquierda, el Espigüete; a la derecha, el Curavacas. (Foto: Paula G. L.)

“No caben en tus amplios pliegues espíritus mezquinos, plenos de ambiciones, de ánimos cobardes. ¡Levántate! Tú dices, trepa mis aristas, ¿no ves acaso tu ridícula presencia y tus afanes?” A.D.R.

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