Whymper

Entre 1860 y 1864 Edward Whymper intentó escalar el monte Cervino en siete ocasiones, todas ellas sin éxito. Por aquellos años la montaña se consideraba imposible de conquistar. Finalmente, el 14 de julio de 1865 logró su objetivo, aunque el descenso fue trágico para cuatro de los siete integrantes de la ascensión. En la mayoría de sus asaltos al Cervino Whymper se hizo acompañar por el guía local de Valtournenche Jean Antoine Carrel, sin duda el montañero más fuerte entonces del valle de Aosta, en la vertiente italiana del macizo. Sin embargo, a pesar de los enormes progresos que los dos hombres habían realizado en sus continuas idas y venidas en torno al Cervino, en el año 1865 acudieron a su montaña por separado: Carrel forma parte de una expedición netamente italiana mientras que el británico Whymper se ve arrastrado a unirse a una partida ya organizada desde el lado suizo. Unos y otros atacarían aristas opuestas; los italianos, desmoralizados por la visión de sus competidores en la cumbre, abandonaron la subida cuando faltaban menos de cuatrocientos metros para culminar. Pero sólo tres días más tarde Carrel consigue abrir la vía italiana. En palabras del propio Whymper (en letra cursiva y entrecomillados utilizaremos extractos de su libro Scrambles amongst the Alps, publicado en 1871): “De cuantos intentaron subir al Cervino, él [Carrel] era el más merecedor de ser el primero en la cumbre. Fue el primero en dudar de su inaccesibilidad y fue el único hombre que siguió creyendo que el ascenso se conseguiría. El objetivo de su vida había sido subir desde el lado de Italia, por el honor de su valle natal.

En el verano de 1863 Whymper contaba con 23 años; Carrel era once años mayor. Fiel a su pasión, el inglés acudió al Val Tournenche “uno de los valles más encantadores de los Alpes italianos. Un paraíso para los artistas.” Whymper era grabador y empezó viajando a los Alpes con el encargo de ilustrar un libro sobre esas montañas; (acompañan a este relato algunas reproducciones de los grabados del montañero). El punto de partida de ambos compañeros de cordada era, como en otras ocasiones, Breuil-Cervinia. Los primeros días de agosto nevó sobre las cumbres y el intento de ascensión “… fue aplazado indefinidamente. Como no había nada que hacer en Breuil, decidí dar una vuelta a la montaña.” En apenas seis horas y cuarto llegaron a Zermatt después de atravesar puertos de montaña alejados del concurrido Colle del Teódolo. “Se calcula que cada año lo cruzan unos mil turistas. En invierno, cuando las grietas se rellenan en parte y el tiempo es favorable, las vacas y las ovejas siguen pasando por él desde Zermatt a Val Tournenche y viceversa.

Una vez alcanzada la frontera italo-suiza damos vista al amplio glaciar de Theodul dominado por el pico Breithorn y su característica boina. Aquí, esquiadores de toda especie comparten pista con motos de nieve e incluso con algún ciclista. En medio de este parque temático una mochila trasportando libros, camisas y demás enseres inútiles resulta del todo anacrónica. Desde nuestra atalaya miramos a la espalda, hacia el suroeste y el oeste y divisamos los altos glaciares que flanquean el Grand Paradiso (que será objeto de nuestras atenciones en el futuro) y, por supuesto, el gigante de Los Alpes, el Mont Blanc.

Al poco divisamos la población de Zermatt, con sus hoteles ilustres y el alegre deambular de veraneantes. El precioso valle aparece custodiado hacia el oeste (izquierda en la fotografía) por el Weisshorn y hacia el este (derecha) por el Dom. Nosotros, empero, viraremos a la izquierda en busca de otros acomodos.

Volvemos a los escritos de Whymper y su relato de la jornada del 3 de agosto de 1863: “Carrel y yo nos pusimos otra vez en camino por la tarde y fuimos, en primer lugar, a un lugar predilecto de los turistas, cerca del final del glaciar Gorner. Es una pequeña planicie verde donde abunda la Euphrasia officinalis, el deleite de enjambres de abejas que recolectan aquí la miel que luego se sirve en la table d’hôtel.” Nosotros, en fin, trocamos la miel por otros placeres líquidos que también se ofrecen al turista.

Quisimos acercarnos a la capillita del Schwarzsee, lugar utilizado por Whymper en 1865 como depósito intermedio de “la tienda, las mantas, las cuerdas y otros efectos”.

Anochece, llevamos doce horas caminando. En este tiempo hemos girado más de 180 grados en torno al Cervino de modo que ahora vemos la misma arista suroeste que esta mañana, pero desde el otro lado. Por su parte, la pirámide nos ha estado observando todo el día, nos acompaña como una suerte de gran hermano. También velará nuestro sueño y será lo primero que veamos antes incluso del alba.

Amanece y continuamos la marcha en compañía de Whymper y Carrel: “… poco después caminábamos a través de los bosquecillos de pardos alisos que bordean el pintoresco valle que conduce al glaciar Z’Mutt.

Nada puede parecer más inaccesible que el Cervino desde ese lado y hasta las personas con más sangre fría retienen el aliento contemplando sus espectaculares riscos. Pocos hay en los Alpes que los igualen en dimensión y ninguno merece con más justicia el nombre de precipicio. El más inmenso de todos es el del norte, que se inclina hacia el glaciar Z’Mutt. Las piedras desprendidas de este prodigioso paredón caen unos 450 metros antes de tocar tierra, y las que proceden de más arriba aún y rebotan en el borde del precipicio dan un salto final de 300 metros. Este lado de la montaña siempre ha parecido sombrío, triste y terrible.

Si nos aproximamos por el lado del glaciar Z’Mutt, oiremos la destrucción que tiene lugar incesantemente. La oiremos, pero probablemente no la veremos, porque, aunque las masas que caen retumban como cañones y los ecos retumban desde el Ebihorn, siguen siendo como cabezas de alfiler en relación con la grandiosa y enorme ladera.

El glaciar del monte Cervino también envía sus aludes, como rivalizando con las rocas. En todo su lado septentrional no termina, como suelen hacer los glaciares, en una pendiente suave, sino abruptamente en lo alto de las rocas escarpadas que le separan del glaciar Z’Mutt, y rara vez pasa una hora sin que se desprenda una masa de hielo cayendo con estrépito hacia las laderas inferiores, donde se vuelve a compactar.

Los desolados pinos de los bosques que limitan con el Z’Mutt, descortezados y escarchados, constituyen un fondo adecuado para un escenario que es difícilmente superable en solemnidad y grandeza. Es un tema digno del pincel de un gran pintor y pondría a prueba el talento de los mejores.

Remontando el glaciar, la montaña ofrece un aspecto menos salvaje, aunque no menos impracticable. Al llegar al islote de rocas llamado Stockje (que señala el fin del glaciar Z’Mutt propiamente dicho y separa la parte que lo alimenta, el Stock, de su zona más extensa y baja, el Tiefenmatten), el mismo Carrel, un hombre muy inexpresivo, no pudo refrenar su admiración ante las abruptas pendientes del monte y la audacia que nos llevaba a acampar en la ladera suroeste -en lado opuesto-, cuyo perfil se ve muy bien desde el Stockje. Carrel divisaba entonces por primera vez los lados norte y noroeste de la montaña y se convenció más que nunca de que el ascenso sólo era posible desde Breuil.

Teníamos el afán de emular a nuestros protagonistas en la jornada del 4 de agosto de 1863 y pasar al lado italiano a través del Col de Vallespine: “El Col de Vallespine se eleva a 3562 metros sobre el nivel del mar. Es el paso más fácil de cuantos hay en los Alpes a esa altura y, si se cruza con buen tiempo, no hay que practicar un solo corte en la nieve (en el siglo XIX los montañeros no disponían de crampones). Sin embargo, si no se sigue la ruta correcta, el paso puede hacerse muy dificultoso. Cruzamos este paso fácil hasta los chalés de Prarayer. Desde la cumbre descendimos de una tirada.

157 años después de lo narrado por Whymper nosotros avistábamos el Col de Vallespine, apenas doscientos metros por encima de nuestros ojos. Sin embargo, a pesar de haber empezado a andar con la única luz de nuestra linterna frontal, llegábamos tarde. La nieve, calentada por el sol, perdía la consistencia que hace seguros nuestros pasos; el peligro de caer en una grieta aconseja no avanzar. Así, cuando sólo hemos completado tres cuartos de vuelta en torno al Cervino, damos por concluido nuestro intento. De nuevo recogemos palabras de Whymper, quien, una vez que comprobó lo comprometido de una ascensión, escribió: “No ganaríamos honor perseverando ni deshonor abandonando un lugar peligroso por su excesiva dificultad.

El inglés y el italiano completaron la vuelta: “… (al día siguiente) cruzamos el paso de Valcornera y examinamos cuidadosamente la montaña llamada Grand Tournalin mientras descendíamos al Val de Cignana. Esta montaña se ve desde tantos sitios y de tal manera supera a sus picos vecinos que nos pareció que ofrecería vistas extraordinarias.” Pero esa, querido lector, es otra historia…

4 comentarios en “Whymper

  1. Antonio Cabeza

    Grabados y fotografías digitales recogen la eternidad de las cumbres en dos momentos distintos de la historia. Dos tiempos, dos técnicas, la misma sensibilidad, las mismas emociones. Nuestra esencia permanece. Y eso me alegra.

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