Tournalin

Esta entrada está inspirada en la narración que Edward Whymper hace de su ascensión al Grand Tournalin en agosto de 1863 en compañía del guía Jean Antoine Carrel, inmediatamente a continuación de completar ambos una vuelta en torno al monte Cervino. Trascribimos, pues, los pasajes extraídos del libro Scrambles amongst the Alps:

Salimos de Val Tournenche antes de las cinco de la mañana para atacar el Tournalin. Carrel me condujo por los prados al sur y al este del pueblo, y luego por un sendero en zigzag a través de un bosque espeso, tomando muchos atajos que demostraban un buen conocimiento del terreno. Cuando salimos de nuevo a campo abierto, nuestro sendero nos llevó a uno de esos pequeños y escondidos valles laterales que tanto abundan en las laderas que rodean el pueblo de Val Tournenche.

Este valle, el Combe de Cheneil, se inclina hacia el este y tiene sólo un pequeño caserío. (Actualmente hay un aparcamiento donde es posible dejar el coche a escasos quince minutos del caserío, en cual, por cierto, hay un bar restaurante con una terraza de espléndidas panorámicas). El Tournalin está situado en lo alto del Combe. Después de pasar Cheneil, aparece el Tournalin elevándose sobre un anfiteatro de riscos (surcado por hermosas cascadas) al extremo del Combe. El sendero llega a la base de unas morrenas cuyo tamaño es grande considerando las dimensiones de los glaciares que las formaron. Aquí acaba el camino y aumenta la pendiente. Cuando llegamos a aquellas morrenas seguimos una ruta que continuaba hacia el este, sobre las propias morrenas, los fragmentos arrastrados por el glaciar y una larga pendiente de nieve a mayor altura, hasta una especie de collado o depresión situado al sur del pico, donde una cresta fácil conducía a la cumbre. Desde el collado se dominaba una vista espectacular de la ladera meridional del Monte Rosa, y de las crestas a su izquierda y al este de Val d’Ayas.

Mientras descansábamos en este lugar, una gran manada de gamuzas errantes llegó a la cumbre desde la ladera norte. Algunas de las bestias, posando como estatuas, parecían apreciar el grandioso panorama que les rodeaba, mientras otras se entretenían, como turistas bípedos, en hacer rodar piedras por los precipicios. Se dispersaron con pánico, como si una bomba hubiera explotado entre ellas, cuando mi camarada las saludó a gritos, y descendieron en todas direcciones con saltos precisos e infalibles y con tal gracia y belleza que sentimos admiración y respeto por su habilidad montañera.

La arista que subía hasta la cumbre era singularmente fácil, aunque quebrada por el hielo; pero, cuando llegamos a la cumbre, nos encontramos separados del punto más alto por una hendidura que no habíamos visto hasta entonces. Su lado meridional era casi perpendicular, mas sólo medía unos cinco metros de profundidad. Carrel me ayudó a bajar y luego bajó él apoyándose en el hierro de mi piolet y luego en mis hombros, con una habilidad que contrastaba con mi torpeza tanto como sus propios movimientos con los de las gamuzas. Unos cuantos pasos más nos situaron en la cumbre, que nunca había sido escalada.

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